
- Víctor Márquez
Periodista
Actualizado el 08/07/2026 18:18 CEST
Si abandonar nuestro hogar para mudarnos a la otra parte del mundo, con todo lo que eso conlleva, ya es un paso arriesgado y para nada sencillo, hacerlo cuando tu país acaba de entrar en guerra y tú tienes poco más de 20 años, y la idea clara que de no quieres vivir allí toda tu vida, le añade un plus de dificultad. Así es la historia de Artem, de 24 años, que nació en Siberia y que ahora vive y trabaja en Tarragona.
"Ahora tengo 24 años, pero desde pequeño ya decidí que no quería vivir en mi país, en Rusia. Soy de Siberia, la parte poblada más fría de todo el mundo, y más concretamente de una ciudad que se llama Lesosibirsk. Y decidí que quería irme de allí porque no me gustaba. Sobre todo no me gustaba la sensación de que toda la gente de allí es cerrada", empezaba explicando.
Artem, en una imagen cedidaCedidas"A mi siempre me ha gustado expresarme como yo quiera, hacer y decir lo que quiera. Y ahí la mayoría de la gente vive en su burbuja. Si haces cosas diferentes te ven como un loco. Entonces, decidí que quería algo más, sentirme libre. Entonces, como tengo dos hermanos y uno de ellos vive en la República Checa, y es la persona con la que más relación tengo en mi vida, decidí que quería irme a vivir con él", explicaba.
"Intenté irme con 16 años, pero me rechazaron el visado por no saber el idioma. Mis padres me dijeron que me esperara a cumplir los 18, pero entonces aparece un problema que se llama ejército. En Rusia es obligatorio. Y tuve dos opciones: ir al ejército o ir a la universidad. Escogí el ejército porque es solo un año y la universidad son 5, y yo ya sabía que me quería ir", justificaba.
"El problema fue que mi regreso del ejército coincidió con el Covid. Me tuve que esperar un año y medio más para salir de Rusia. Y, cuando lo hice, decidí solicitar un visado no para la República Checa, sino para Hungría, y así ir desde allí hasta donde quería. Por aquel entonces, ahora ya no lo sé, Hungría era un país que tiene más o menos buena relación con Rusia", comentaba.
"Salió una oportunidad para quedarme en República Checa y acabé consiguiendo el visado para entrar, pero lo recibí justo el 24 de febrero del 2022, el mismo día en el que empezó la guerra", rememoraba el joven. Desde ese preciso instante, Artem pasa por Armenia, Turquía y también Hungría. Pero, en el aeropuerto, y en plena guerra, vive un momento que recordará para siempre.
"Después de pasar el control, fui a preguntar a un trabajador del aeropuerto para asegurarme de que había hecho todo bien. Entonces, vi a un grupo de gente y, entre ellos, un chico gritando en ruso, preguntando si alguien le entendía. Cruzamos miradas y me dijo: '¿Me entiendes?'", narraba el joven.
"Llevaba dos horas sin saber nada, preocupado, porque no sabía nada de inglés. Entonces, fui yo a preguntar y lo pude solucionar. Me dio las gracias, estuvimos como 30 minutos hablando y me dijo una frase: 'Espero que no seas de Rusia'. Qué fuerte era escuchar eso", aseguraba en la entrevista.
Estuve 30 minutos hablando con un ucraniano y me dijo una frase: 'Espero que no seas de Rusia'. Qué fuerte era escuchar eso
"Yo tenía mi pasaporte en la mano, y el pasaporte ruso es muy fácil de distinguir. Es un pasaporte rojo, con un águila gigantesca en el centro. Él me miró a los ojos, a mi mano, a mis ojos, a mi mano... Y nos acabamos riendo de esa situación. Le dije que me había ido de mi país porque no podía ver lo que estaba pasando", recordaba Artem.
"Cuando pasé el control de entrada a la Unión Europea, por fin me encontré con mi hermano. Nos abrazamos y lloramos. Por fin, después de tantos años... De ahí fuimos en tren hasta la República Checa", explicaba Artem. Pero, tras el cierre de la embajada, el joven ruso no fue capaz de conseguir un visado por trabajo en dicho país, por lo que tuvo que cambiar de planes completamente. Es ahí donde surge la opción de venir a vivir a España.
"La novia de mi hermano se acordó de que tenía una amiga aquí, que vive en República Checa pero tiene una casa en Tarragona y va de vez en cuando. Y vine sin saber ni una sola palabra de español. No sabía absolutamente nada porque me había estado preparando toda mi vida para vivir en República Checa, pero acabé en España. Así es mi vida", relataba Artem.
Y los inicios no fueron fáciles. "Durante 4 meses me encerré en casa para aprender español. Tengo 4 cuadernos completamente escritos en castellano. Sin duda, lo más difícil de la gramática española es el subjuntivo, porque es muy diferente al ruso. Hay cosas parecidas, como la construcción de algunas frases, pero el subjuntivo es totalmente distinto. Me costó pillarlo", reconocía.
"La mayoría de cosas que pensaba sobre los españoles eran ciertas. Son gente más alegre, más abierta, les gusta la fiesta... Pero es cierto que no en todos los sitios son tan abiertos, porque si hablas con alguien de alguna zona más profunda sí que hay alguna barrera. Tampoco puedo generalizar, porque solo he vivido en Catalunya y no en el resto de España", confesaba.
La mayoría de cosas que pensaba sobre los españoles eran ciertas. Son gente más alegre, más abierta, les gusta la fiesta... Pero es cierto que no en todos los sitios son tan abiertos
En una guerra tan larga y cruda como lo está siendo la que mantienen Rusia y Ucrania, no todos tienen el mismo posicionamiento, sobre todo si se vive desde dentro. En el caso de la familia, el asunto se vuelve todavía más complicado. "Mis padres y yo tenemos diferentes puntos de vista. Yo soy más abierto, más liberal en el pensamiento político, y ellos son más conservadores. Apoyan más a Rusia en ciertas cosas", indicaba.
"He vivido bastante tiempo aquí y creo que quiero quedarme, pero aún no estoy seguro si me quedaré en Catalunya o en otra parte de España. Depende de cómo me vayan las cosas aquí. Estoy trabajando de camarero, pero sigo buscando cosas. Creo que no vale de nada trabajar solo por el dinero, porque te acabarás quemando. Yo me he dado cuenta de que se me da bien hablar con la gente, solucionar problemas. Me gustaría trabajar en algo relacionado con eso, gestoría o algo así", comentaba.
Artem, en una imagen cedidaCedidas"He estado en Barcelona, la he visitado bastante, pero últimamente se llena mucho, y no precisamente de una buena gente. También he visitado otras ciudades como Madrid. Y he estado en Zaragoza. Me encantó, porque allí hace mucho viento, y eso me encanta", reconocía.
Artem define la adaptación al clima como "el camino del sufrimiento". Y no es para menos. Pasar de temperaturas en Siberia de 45 grados bajo cero a los más de 35 que se están registrando ahora en algunas zonas de Catalunya es un cambio radical y no muy llevadero. "Aún no me he acostumbrado del todo, pero ya no sufro tanto. El primer verano que estuve aquí intentaba no salir de casa hasta las 17 de la tarde porque me derretía. Y dentro tenía dos ventiladores, y mojaba trapos para ponérmelos en la cabeza", explicaba.
El primer verano que estuve aquí intentaba no salir de casa hasta las 17 de la tarde porque me derretía
Y el joven ruso terminaba la entrevista con una reflexión. "Si alguien está en mi situación, podría ser hipócrita y, como hace mucha gente, decirle 'sí, no tengas miedo, hazlo'. Pero vivimos en el mundo real, esto no es como en las películas. Tienes que tener un airbag, digamos. Y es muy importante planear todo. Tanto lo que vas a hacer si sale bien como lo que vas a hacer si sale mal. Y siempre ir dos pasos por delante", recomendaba.
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