
Actualizado el 15/08/2026 16:43 CEST
Dani Gallart tiene 32 años, vive en Cerdanyola del Vallès y se dedica profesionalmente al storytelling, a crear historias y encontrar la mejor manera de transmitirlas. Trabaja en la Fundación Pasqual Maragall, donde comunica a sus socios los avances científicos y sociales que se están realizando para construir un futuro sin Alzheimer y ayudar a las personas que conviven con la enfermedad.
También ha publicado dos novelas románticas, 'Y te cruzaste en mi camino' y 'Nos volvimos a encontrar'. Sin embargo, mucho antes de convertirse profesionalmente en un contador de historias, Gallart comenzó a escribir otra narración con sus propias piernas: la de un niño de Sant Andreu que contemplaba las carreras de su barrio con el deseo de participar, competir y descubrir hasta dónde podía llegar.
A los quince años entró en un club de atletismo, encontró en los 800 metros su distancia y, durante los diecisiete años siguientes, ha participado en campeonatos de España de cross por equipos, campeonatos de Cataluña absolutos y pruebas de Primera División de la liga nacional. Ahora, después de haberse convertido recientemente en padre, sabe que su relación con el atletismo tendrá que transformarse, pero no desaparecerá, porque correr ya no es solamente una actividad deportiva: es una forma de estar en el mundo, escuchar su cuerpo, ordenar su mente y descubrir ciudades antes de que empiece la vida.
Dani Gallart (izquierda) sostiene que correr le permite descubrir las ciudades antes de que empiece la vida en ellas.Propias¿Cuál es tu primera imagen relacionada con el running?
Mi relación con el running comenzó durante la infancia, cuando vivía en el barrio de Sant Andreu, en Barcelona, y se celebraba una carrera popular en la que participaban muchos niños. Recuerdo que, durante las primeras ediciones, yo todavía no corría, sino que los observaba desde fuera, y sentía unas ganas enormes de estar allí, de probarme y descubrir qué podía hacer. Desde muy pequeño he tenido una vena competitiva bastante marcada, ese deseo de intentar ganar, de mejorar y de mostrarme a mí mismo hasta dónde podía llegar.
Entre los cinco y los diez años practiqué baloncesto, pero antes de entrar formalmente en el mundo del atletismo, comencé a participar en carreras populares de categorías infantiles. Mi padre desempeñó un papel importante durante aquella etapa, porque era quien se ocupaba de hacerme las inscripciones y quien me acompañaba a las pruebas. Íbamos juntos y aquello se convirtió en una experiencia compartida. No solamente descubrí que me gustaba mucho correr, sino que además se me daba bastante bien. Conseguía subir al podio o terminar en buenas posiciones y esos primeros resultados alimentaron todavía más mi ilusión.
A los quince años decidí apuntarme a un club de atletismo para probar en la pista y empezar a tomarme aquel deporte de una manera más seria. Fue el momento en el que una afición infantil comenzó a transformarse en una parte esencial de mi identidad.
¿Qué encontraste en el atletismo que no habías encontrado en el baloncesto?
El atletismo me ofreció la posibilidad de depender fundamentalmente de mí mismo, de enfrentarme a mis propios límites y comprobar con mucha claridad si estaba mejorando. En un deporte colectivo existen muchos factores que condicionan el resultado, mientras que en una carrera sabes que, cuando suena el disparo de salida, eres tú quien tiene que responder.
Esa dimensión individual encajaba con mi carácter competitivo y con mis ganas de ponerme a prueba. Sin embargo, con el paso de los años también he comprendido que esa aparente individualidad es solamente una parte del atletismo, porque detrás de cada corredor existe un grupo, unos compañeros, unos entrenadores y un entorno que resultan decisivos para poder crecer.
Dani Gallart entrenando en las pistas de atletismo de Can DragóPropias¿Por qué elegiste los 800 metros?
Cuando entré en la pista, fui probando y pronto descubrí que la prueba que más me gustaba y que mejor se adaptaba a mis cualidades era el 800. Es una distancia muy especial, porque combina velocidad, resistencia, estrategia y una enorme capacidad para soportar el esfuerzo. No es un sprint puro, pero tampoco es una carrera larga en la que puedas instalarte cómodamente en un ritmo. Tienes que correr rápido desde el principio, tomar decisiones en muy poco tiempo y llegar al tramo final con capacidad para seguir compitiendo cuando el cuerpo empieza a pedirte que aflojes.
Desde que comencé a especializarme en esta distancia han pasado aproximadamente diecisiete años. Durante todo este tiempo he construido una trayectoria de la que me siento orgulloso, aunque siempre intento explicarla con humildad, porque no me considero un superatleta ni alguien que haya conseguido marcas extraordinarias. Lo que sí puedo decir es que he vivido experiencias deportivas muy importantes para mí.
¿Cuáles han sido los principales hitos de esa trayectoria?
He participado en campeonatos de España de cross por equipos, tanto en categorías inferiores —juvenil, júnior y promesa— como posteriormente en categoría absoluta, concretamente en el Campeonato de España de cross corto, una modalidad que encajaba bastante bien con mis características como corredor de 800 metros.
Después de haber pasado por diferentes clubes catalanes, quise dar un paso más en mi trayectoria y me incorporé a un club vasco, el Bidasoa Atletiko Taldea. Aquella etapa me permitió competir en ligas nacionales de pista y participar en semifinales e incluso en una final de Primera División de la liga nacional en los 800 metros.
También he corrido campeonatos de Cataluña absolutos y he llegado a registrar una marca aproximada de 1:56 en los 800 metros. En carreras populares, uno de los recuerdos que conservo es haber subido al podio en categorías inferiores en la Cursa dels Nassos de Barcelona, la tradicional prueba de San Silvestre de la ciudad.
Quizá desde fuera estos resultados puedan parecer más o menos importantes, pero para mí representan muchos años de entrenamientos, renuncias, lesiones, viajes, amistades y momentos en los que he tenido que decidir si continuaba adelante. Los resultados nunca explican toda la historia que existe detrás de un atleta.
Dani Gallart defiende que, aunque se corra en solitario, para llegar lejos siempre es necesario contar con un equipo.Propias¿Cómo te definirías como runner?
Me definiría como un corredor muy competitivo y soñador. Siempre me ha gustado plantearme objetivos ambiciosos e intentar mostrar la mejor versión de mí mismo. La competitividad, bien entendida, no consiste solamente en querer superar a los demás, sino también en negarte a conformarte con una versión más pequeña de ti mismo cuando sabes que todavía tienes margen para crecer.
Al mismo tiempo, soy consciente de que mis mejores marcas nunca han sido únicamente el resultado de mi esfuerzo individual. Las he conseguido cuando he estado rodeado de un buen equipo, de compañeros que se encontraban en un nivel parecido al mío y que eran capaces de sacar lo mejor de mí. En un entrenamiento podía ganar uno y, en el siguiente, ganar otro. Esa rivalidad nos hacía avanzar a todos.
En la pista éramos rivales, pero en cuanto cruzábamos la línea de meta, volvíamos a ser amigos. Con algunos de aquellos compañeros he compartido fiestas, viajes y etapas muy importantes de mi vida; incluso han venido a mi boda. Son amistades que han trascendido completamente el atletismo y que seguramente conservaré siempre.
Desde fuera, correr parece uno de los deportes más solitarios. ¿Cómo conviven la individualidad y el grupo?
Cuando alguien observa por televisión una competición de atletismo, puede tener la sensación de que cada corredor se lo guisa y se lo come, porque no existe una pelota que compartir ni una jugada colectiva como sucede en el fútbol o en el baloncesto. Cada atleta ocupa su calle, gestiona su cuerpo y finalmente cruza la meta con su propio tiempo.
Es cierto que el atletismo tiene una parte profundamente solitaria, y reconozco que a mí también me gusta. Correr me permite desconectar, estar conmigo mismo y no depender de nadie durante un rato. Sin embargo, cuando acumulas muchas temporadas y llevas tantos años dentro de este mundo, comprendes que, aunque solo quizá puedas avanzar más rápido durante un periodo determinado, para llegar lejos necesitas un equipo.
Necesitas un grupo alineado con tus objetivos, que se encuentre en un momento vital parecido al tuyo y que comparta la voluntad de entrenar, sacrificarse y mejorar. Cuando estás rodeado de personas que avanzan en la misma dirección, se genera una inercia positiva: te mantienes motivado, te sientes parte de algo y eres capaz de alcanzar niveles de exigencia que difícilmente conseguirías solo.
He vivido esa sensación especialmente durante las concentraciones de entrenamiento. En algunos periodos, como Semana Santa o momentos del año en los que teníamos menos obligaciones profesionales, nos marchábamos durante una semana a lugares como Soria o Font-Romeu. Entrenábamos por la mañana y por la tarde y durante aquellos días solamente pensábamos en correr, alimentarnos bien, cuidarnos y descansar. Entrar en ese entorno de concentración absoluta era una experiencia extraordinaria, porque todo estaba diseñado para que pudiéramos ofrecer nuestra mejor versión.
Dani Gallart explica que las lesiones le enseñaron a escuchar su cuerpo antes de que se rompiera.Propias¿Qué ocurre dentro de tu cabeza cuando corres?
Para mí, correr funciona como una válvula de escape y como una sensación de libertad. Trabajo ocho horas al día sentado delante de un ordenador y soy una persona muy activa, incluso hiperactiva, de manera que mi cuerpo necesita movimiento. Cuando comienzo a entrenar, siento un alivio físico, pero también mental.
Al principio de un entrenamiento, todavía puedo llevar conmigo la aceleración del día: asuntos del trabajo, cuestiones familiares, conversaciones con amigos o preocupaciones pendientes. Todos esos pensamientos continúan dando vueltas en mi cabeza durante los primeros minutos. Pero llega un momento, especialmente cuando comienzan las series o cuando tengo que correr rápido, en el que toda esa dispersión desaparece.
Sin darme cuenta, dejo la mente en blanco y concentro toda mi atención en la carrera, en el ritmo, en la respiración y en darlo todo. En ese instante sé que estoy viviendo plenamente el presente. Me parece una experiencia maravillosa porque, en la sociedad actual, resulta muy difícil conseguir que la mente permanezca en un único lugar. Estamos acostumbrados a pensar en varias cosas al mismo tiempo, a anticipar lo que sucederá después o a revisar constantemente lo que ya ha sucedido.
En una competición, cuando llega el momento de ponerme los clavos y situarme en la línea de salida, solamente existen el aquí y el ahora. No puedo estar pensando en lo que haré al día siguiente ni en los problemas que he dejado fuera de la pista. Ese es el momento que estoy viviendo y tengo que estar completamente presente, ser consciente de él y disfrutarlo, incluso cuando el esfuerzo es extremo.
¿Corres con música?
Depende del tipo de entrenamiento. Cuando entreno en pista o estoy con el grupo, nunca utilizo música, porque necesito concentrarme, relacionarme con mis compañeros y escuchar todo lo que sucede a mi alrededor.
En cambio, durante algunos rodajes largos del fin de semana sí puedo escuchar música, aunque tampoco lo hago siempre. Vivo cerca de la montaña y muchas veces prefiero conectar con el entorno y con la naturaleza: escuchar los pájaros, el aire y los sonidos del camino. En un mundo tan urbano y tan lleno de estímulos, ese contacto con el paisaje representa también una forma de descanso.
Hay días en los que la música te acompaña y te ayuda a mantener el ritmo, pero en otros momentos la mejor banda sonora es la propia naturaleza.
Dani Gallart afirma que se ve corriendo toda la vida, aunque sus objetivos vayan cambiando con el paso del tiempo.PropiasHas sufrido lesiones que te han apartado durante más de un año. ¿Cómo se sobrelleva un periodo tan largo sin correr?
Las lesiones han formado parte de mi trayectoria y mi manera de afrontarlas ha evolucionado con el paso de los años. He padecido problemas como periostitis y pubalgias que llegaron a dejarme fuera de los entrenamientos durante más de un año.
Cuando era adolescente, con quince o dieciséis años, no sabía cómo gestionar una situación así. Sentía una frustración enorme porque quería correr a toda costa, pero mi cuerpo no me acompañaba. No encontraba un camino, me sentía solo y también desplazado del grupo, porque mis compañeros continuaban entrenando, compitiendo y avanzando mientras yo no podía seguirlos.
Es una sensación muy dura: el deseo permanece intacto, pero el cuerpo te obliga a detenerte. Aparece constantemente ese “quiero y no puedo” que puede terminar afectando no solo a tu rendimiento, sino también a tu estado de ánimo y a la percepción que tienes de ti mismo.
Con los años he aprendido que las lesiones forman parte del juego y del camino. Evidentemente, nadie las busca ni las desea, pero pueden convertirse en una fuente de aprendizaje. Después de haber pasado una temporada sin poder correr, valoras mucho más los periodos en los que estás sano, puedes entrenar con normalidad y dispones de las condiciones necesarias para darlo todo.
Las lesiones también me han enseñado a escuchar el cuerpo. Cuando eres joven, tiendes a pensar que siempre puedes apretar un poco más y que parar significa perder terreno. Ahora, en cambio, soy capaz de interpretar determinadas señales. A veces el cuerpo te está diciendo que necesitas detenerte, aflojar o rebajar revoluciones. He aprendido a parar antes de llegar al extremo, antes de que el cuerpo termine rompiéndose completamente.
¿Una lesión puede hacerte mejor atleta?
Puede hacerte más consciente. Cuando todo funciona bien, corres sin preguntarte demasiado por el privilegio que supone poder hacerlo. Una lesión te obliga a observar tu cuerpo, entender sus límites y revisar aspectos del entrenamiento, del descanso o de la recuperación que quizá estabas ignorando.
También te enseña paciencia. El atleta está acostumbrado a trabajar con objetivos, tiempos y calendarios, pero una lesión no siempre responde a la velocidad que uno desearía. Tienes que aceptar que la recuperación sigue su propio proceso.
Cuando finalmente regresas, ya no das por sentado el hecho de poder correr. Te colocas las zapatillas y comprendes que estar sano es una parte esencial del éxito, aunque no aparezca en ninguna clasificación.
Una lesión te obliga a observar tu cuerpo, entender sus límites y revisar aspectos del entrenamiento, del descanso o de la recuperación que quizá estabas ignorando
Atleta
Te has convertido recientemente en padre. ¿Ha cambiado tu relación con el atletismo?
Todavía estoy descubriendo cómo integrar esta nueva etapa, porque ser padre modifica tus prioridades, tus horarios y tu manera de organizar la vida. Sé que probablemente no podré mantener siempre el mismo nivel competitivo que he tenido hasta ahora, porque existen nuevos proyectos familiares y quiero crecer junto a mi familia.
Sin embargo, me veo corriendo durante toda la vida. Quizá cambiarán la intensidad, los objetivos o el tipo de pruebas, pero no imagino que el running desaparezca. Es una actividad que me aporta salud física y mental y que forma parte de mi identidad.
Como sigo siendo una persona competitiva, tampoco descarto explorar en el futuro otros ámbitos del running que todavía no conozco. Tal vez llegue un momento en el que deje de competir al máximo nivel posible en pista, pero eso no significa que desaparezca el deseo de plantearme nuevos retos.
¿Qué relación existe entre correr y viajar, otra de tus grandes pasiones?
Correr es una de mis formas preferidas de descubrir un lugar. Cuando viajo, me gusta salir a primera hora de la mañana, antes de que las calles estén completamente ocupadas y de que comience el ritmo acelerado de la ciudad. Lo he hecho o me gustaría seguir haciéndolo en lugares tan diferentes como México, Nueva York o Vietnam.
Cuando recorres una ciudad corriendo, puedes tomarle el pulso a tu propio ritmo. No la observas únicamente como un turista que va de un monumento a otro, sino que atraviesas sus calles, sus barrios y sus espacios cotidianos. Descubres una geografía y una cultura nuevas desde una perspectiva muy íntima.
Salir a correr antes de que empiece la vida diaria de una ciudad tiene algo especial. Ves cómo levantan las persianas, cómo se preparan los comercios, cómo aparecen los primeros trabajadores y cómo las calles pasan lentamente del silencio al movimiento. Durante ese rato, el lugar parece ofrecerte una versión que después desaparecerá.
Esa posibilidad de explorar el mundo corriendo está completamente unida a mi manera de entender el atletismo. Aunque en el futuro no compita al mismo nivel en pista, quiero conservar esa capacidad de ponerme unas zapatillas y salir a descubrir el lugar en el que me encuentre.
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David Escamilla¿Hasta qué punto cuidas la alimentación y el descanso?
Me gusta cuidarme, comer de una manera equilibrada, descansar bien y evitar los excesos, pero también creo que la salud mental forma parte de todo el engranaje. Cuidarse no debería convertirse en una obsesión ni en una estructura tan rígida que te impida disfrutar de la vida.
En mi día a día intento ser consciente de lo que como y de cómo descanso, pero, cuando llega el fin de semana, quedo con amigos o me apetece comer algo que quizá no sea lo más saludable desde un punto de vista estrictamente nutricional; no me lo prohíbo.
Creo que el equilibrio se encuentra precisamente ahí: en mantener unos hábitos responsables sin convertirlos en una cárcel. La salud no consiste solamente en controlar cada alimento o cumplir cada entrenamiento, sino también en compartir una comida, disfrutar de una celebración y sentir que el deporte suma bienestar a tu vida en lugar de quitártelo.
Dani Gallart asegura que, cuando está en la línea de salida, solo existe el aquí y el ahora.PropiasDespués de diecisiete años corriendo, ¿qué te ha enseñado el atletismo sobre la vida?
Me ha enseñado que el talento por sí solo no basta, que necesitamos a otras personas para llegar a nuestra mejor versión y que incluso un deporte aparentemente individual puede construir vínculos profundos. Me ha enseñado que hay momentos para apretar y momentos para detenerse, que escuchar el cuerpo no es una debilidad y que una lesión también puede formar parte del aprendizaje.
Sobre todo, me ha enseñado a estar presente. En una sociedad que nos empuja constantemente hacia lo siguiente, correr me devuelve al instante que estoy viviendo. Cuando estoy en una pista, cuando comienzan las series o cuando me coloco en una línea de salida, no existe nada más.
Correr también me ha enseñado que los objetivos cambian. Durante una etapa puedes buscar una marca, una final o un campeonato; después puedes correr para cuidar tu salud, acompañar a tus amigos, conocer una ciudad o mantener un espacio propio dentro de una vida llena de responsabilidades.
Lo importante es que el movimiento continúe teniendo sentido. Yo no sé exactamente qué tipo de corredor seré dentro de veinte o treinta años, pero sí sé que quiero seguir corriendo. Probablemente lo haré más despacio, con otros objetivos y desde una vida muy distinta, pero seguiré buscando esa sensación de libertad, ese momento en el que la mente deja de dispersarse y solamente quedan el camino, el cuerpo y el presente.
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