- Marc zenon mcquillan
Actualizado el 26/09/2026 10:09 CEST
Tengo catorce años y pedaleo sobre mi primera bicicleta de carretera. Es vieja y voy camino del mecánico con una rueda deshinchada. Seguramente no sea una gran idea seguir pedaleando, pero a esa edad a las malas ideas las llamamos aventuras. Además, en mi cabeza no voy al mecánico. Estoy llegando a Duitama.
Unos meses antes había visto a Abraham Olano proclamarse campeón del mundo en esa ciudad de Colombia con la rueda trasera pinchada. Aquella tarde, sobre aquella bicicleta, yo era Olano. Imaginaba los últimos kilómetros, la rueda perdiendo aire, el maillot arcoíris esperando al otro lado de la meta. Me sentía a punto de hacer historia.
Pero detrás de Olano, como detrás de casi todos mis recuerdos ciclistas de aquellos años, estaba Miguel Indurain Larraya. Los veranos eran el Tour. Vacaciones del colegio, tardes delante de la televisión con mi padre y un gigante navarro enfrentándose a Rominger, Bugno o Chiappucci. Indurain había deformado nuestra percepción de lo extraordinario hasta convertirlo en rutina. Ganar el Tour parecía lo normal. Si quedaba segundo en alguna etapa, me sabía mal. No entendía todavía que aquello que parecía destinado a repetirse para siempre era, precisamente, irrepetible.
Abraham Olano (con el maillot arcoiris) y Miguel Indurain en la etapa 17 del Tour del 96Getty Images - Pascal Rondeau/Allsport UKRecuerdo la lluvia del Mundial de Oslo en 1993, a Armstrong marchándose y a Indurain ganando el sprint por la plata ante algunos de los mejores velocistas y clasicómanos del mundo. Y, sobre todo, recuerdo Duitama en 1995. Olano escapado, la rueda pinchada y Miguel detrás, controlando cada movimiento, generando un respeto reverencial por parte de las primeras espadas del ciclismo mundial. Aquel día pudo correr para ser campeón del mundo, pero corrió para que lo fuera otro. Indurain llegó segundo a la meta. Quizás pocas carreras expliquen mejor a Indurain, para él ganar no siempre significó cruzar la meta primero.
Era también su manera de estar en el ciclismo. Hacía cosas que a los demás nos parecían sobrehumanas y después les quitaba importancia. Años más tarde podía hablar de un puerto en el que había destrozado el Tour como si apenas recordara que fuera especialmente duro. Esa serenidad forma parte del personaje. Nunca parece necesitar recordarnos quién había sido.
Les Arcs: el final de una era
Pero aquel verano, sentado en el sofá, vi cómo mi mundo cambiaba de manera inesperada. 6 de julio de 1996, séptima etapa del Tour, llegada a la estación de esquí de Les Arcs. Y por primera vez vi cómo los demás se alejaban de Indurain. Esperaba la reacción. Supongo que todos la esperábamos. Miguel siempre volvía. Pero aquella vez las bicicletas que tenía delante se hicieron cada vez más pequeñas. Una pérdida de más de 4 minutos, el final de la era Indurain en el Tour. Para un niño de catorce años fue algo más sencillo: descubrir que aquello también podía acabarse.
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RedacciónTodavía hubo una última victoria enorme, el oro olímpico de Atlanta. Pero meses después llegó La Vuelta y el abandono en el hotel Capitán de Cangas de Onís. Y en enero, la retirada. Indurain se fue como había corrido: sin necesidad de hacer demasiado ruido. Había ganado cinco Tours consecutivos y, sencillamente, dejó de estar. El vacío fue enorme. Seguí viendo ciclismo, claro, pero nunca volvió a ser lo mismo.
Rueda de prensa del ciclista Miguel Indurain anunciando su retirada del ciclismo profesionalEFE/ Cristina AbadíaPero lo que había generado Indurain nunca llegó a irse. Con los años, aquella fascinación se convirtió en algo diferente. El ciclismo dejó de ser un entretenimiento para convertirse en una forma de vivir. Me llevó al Galibier, Tourmalet y al Mont Ventoux; a Flandes y a Arenberg; a carreteras que de niño parecían pertenecer a otro mundo. Me dio viajes, historias y amistades que hace tiempo dejaron de necesitar una bicicleta para justificarse.
Y a veces pienso en aquella bicicleta azul marino y aquel verano de 1996. Aquel día tenía catorce años, una rueda pinchada y todo el ciclismo por delante. Todavía no había visto Les Arcs. No sabía que Indurain podía quedarse atrás, que unos meses después dejaría la bicicleta, ni que algún día yo acabaría pedaleando por muchos de aquellos lugares que conocí gracias a él. Ese día, yo pensaba que estaba jugando a ser Abraham Olano. Pero seguramente llevaba años intentando ser un poco Miguel Indurain.
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