- Marc Zenon McQuillan
Actualizado el 08/07/2026 12:16 CEST
Curva de herradura. La pendiente se empina hasta el 11%. El aire huele a hierba mojada mientras el sol de julio cae sobre nuestras espaldas. Entonces, pintada sobre el asfalto, aparece una sentencia que miles de ciclistas han pronunciado antes que nosotros: "Ya no vuelvo más". He vuelto cuatro veces desde entonces, y es que el Tourmalet, aunque probablemente no sea el puerto más largo, más duro o más bonito, tiene ese 'je ne sais quoi'.
Mi compañero de ascensión intenta amenizar lo que queda de puerto, pero soy incapaz de prestarle atención. En mi cabeza solo caben dos pensamientos: el dolor de piernas y la grandeza de la subida.
Y es que el Tourmalet evoca duelos míticos entre los más grandes de este deporte y nos recuerda a tardes enganchados al televisor. También nos deja innumerables historias humanas: de cicloturistas como nosotros o de leyendas como Eddy Merckx, que en 1969 atacó en el Tourmalet a 140 de meta para ganar una etapa memorable, o Miguel Indurain, cuyo descenso de película en 1993 le encaminó a su tercer Tour consecutivo. Hay otras historias menos conocidas, pero igual de emocionantes. Es el caso de la de Jean Robic, un adelantado a su tiempo.
El francés (1920-1981) era un ciclista diminuto, medía 1,61 metros y pesaba menos de 60 kilos, una constitución que le permitía escalar como los mejores. Sin embargo, cuando la carretera dejaba de picar hacia arriba su poco peso le impedía marcar diferencias. Aún así conquistó el Tour de 1947, el primero disputado tras la Segunda Guerra Mundial, una edición que ganó en la última etapa sin haber vestido el amarillo anteriormente.
El ciclista Jean Robic y otros competidores suben a pie con sus bicicletas por una colina embarrada durante la carrera de ciclocrós en Montreuil-sous-Bois, cerca de París, en enero de 1950.Keystone/Hulton Archive/Getty Images)Además de ganador, Robic fue un pionero, siendo de los primeros ciclistas en llevar un casco de cuero, lo que le valió su apodo 'Tete de cuir', cabeza de cuero. Pero en 1953 decidió ir un paso más allá.
Para contrarrestar su ligereza, Robic encontró una solución tan ingeniosa como extravagante: cargar con un bidón lleno de plomo fundido. A punto de coronar el Tourmalet cambió su habitual bidón por el de plomo y Robic se lanzó hacia Sainte-Marie-de-Campan con casi diez kilos adicionales. Robic bajó más rápido, pero también con más riesgo, ya que por aquel entonces los bidones se ubicaban en la zona del manillar de la bicicleta.
Pese a sufrir dos caídas, fue primero en la meta de Bagneres-de-Luchon y se vistió de amarillo. Aquel Tour finalmente lo ganaría Louison Bobet, el primero de sus tres Tours consecutivos, mientras que Robic quedó sexto. Sin saberlo, había anticipado algo que el equipo Sky perfeccionaría a principios de la década de 2010, los marginal gains o mejoras marginales, la búsqueda obsesiva de pequeños detalles para marcar la diferencia.
Robic acabó quinto el Tour de 1952. En la imagen, algunos de sus rivales se apresuran a conseguir bebidas frescas Keystone/FPG/Getty ImagesRobic necesitaba 10 kilos extra, y a falta de solo cuatro kilómetros para coronar el Tourmalet, yo solo pienso en que a mí, en este momento, me vendría bien pesar unos cuantos menos. Atrás ha quedado La Mongie. La niebla espesa lo cubre todo y me cuesta entender las palabras de mi compañero de fatigas. Miro hacia arriba, intento adivinar lo que falta, oigo mis piernas protestar y me acuerdo en Jean Robic, de aquel bidón de plomo y en cómo, dentro de unos minutos que se me harán eternos, repetiré por quinta vez aquello de “ya no vuelvo más”.
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