Actualizado el 25/09/2026 13:11 CEST
En la prensa deportiva tendemos a caer en la trampa de la comparación. Miramos instintivamente a esta Real con los ojos de la versión brillante que alcanzaba los 16 puntos en la 2021/2022, olvidando la inercia peligrosa de la que venía el club. Sin embargo, cuando se mira con perspectiva de proceso y no de nostalgia, la conclusión es clara: este proyecto ha frenado en seco una caída que amenazaba con volverse estructural.
Venir de dos campañas consecutivas arrancando el campeonato en la 16ª y la 18ª posición, con apenas 5 puntos en el casillero y el agua al cuello desde septiembre, genera una psicosis difícil de limpiar. Por eso, alcanzar este parón con 10 puntos, situados en la octava plaza y a tiro de piedra de los puestos europeos, debe interpretarse como un triunfo de la estabilidad. O así lo hace un servidor.
El equipo todavía tiene costuras sin dar puntada, especialmente en defensa, con 13 goles encajados, algo que exige un ajuste. Sin embargo, la Real ha demostrado algo de lo que carecía en los dos últimos años: carácter, capacidad de respuesta y pegada en momentos límite. Ganar un partido bronco en Mestalla anotando tres tantos fuera de casa no es fruto de la casualidad; es la prueba de un vestuario con alma y alternativas para voltear escenarios adversos.
Ver el vaso medio lleno no es pecar de conformismo, es ser pragmático. La Real no ha alcanzado su techo futbolístico, pero ha construido una base sólida sobre la que crecer sin el agobio de la zona baja. La tranquilidad no ha vuelto. Ni siquiera de puertas para adentro. Pero la senda no es la equivocada.
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