Actualizado el 20/08/2026 07:00 CEST
En boca cerrada no entran moscas ni intrusos con grabadora en la hermética sala de las Copas de Europa del Real Madrid, un espacio sólo para elegidos. Y así, a puerta cerrada, como en un entrenamiento, para evitar preguntas incómodas y análisis independientes, presentó Florentino a Mou. De aquellas imponentes presentaciones multitudinarias a ejercicios en la intimidad, no vaya a ser que alguien refresque alguna incomodidad y se agüe la fiesta.
Lo mollar de la puesta de largo de Mourinho sucedió en El Chiringuito, donde el entrenador no ocultó que Rodri interesaba al Madrid, pero sin exagerar: “Si él duda, dudo yo”. Dos veces le llamó, apreció titubeos en el mejor medio centro del mundo y zanjó la cuestión. No es conveniente, aunque tenga que readaptar a sus peones, porque ninguno, ni Güler, ni Bellingham, ni Camavinga, Valverde o Tchuaméni, ni siquiera Bernardo Silva, que en el City tenía sus diferencias con el madrileño, son un “6” puro.
Rodri no era prioridad azulgrana, pero se puso a tiro mediante la intervención de Guardiola, consejero para la ocasión; entonces Deco dio el paso imprescindible, habló con los “citizens”, lo que no hizo el Madrid, y le firmó para cuatro temporadas. Por 60 millones más incentivos –y 15 netos para el jugador por cada curso– el madrileño Rodrigo Hernández, doble Balón de Oro, será el ancla de Flick en el Barça, el instructor de Bernal, el mensajero de Pedri. ¿El Madrid mareó la perdiz? Probablemente. La edad, el precio y la lesión, de la que no hubo noticias durante el Mundial, le hicieron vacilar y su interés concluyó en la fábula de Esopo: “Las uvas están verdes”. Le faltó la contundencia que evidenció con Cucurella, por ejemplo, o con Diomande, una perla de 125 millones que aún no ha salido del cascarón.
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