Actualizado el 14/09/2026 08:50 CEST
Se acabó. Se terminaron diez días de absoluta locura en Berlín. 35 partidos en diez jornadas. Estados Unidos volvió a demostrar que sigue varios pasos por delante del resto y la selección española femenina se colgó un bronce histórico, confirmando el potencial de una generación llamada a seguir dando alegrías al baloncesto nacional. Pero hay algo que chirría en este Mundial.
Resulta difícil no preguntarse si el baloncesto femenino del más alto nivel merece un Mundial disputado en apenas diez días. Diez jornadas de competición para decidir quién es la mejor selección del mundo. Si querías ganar, había que superar una fase de grupos, una ronda previa de octavos —en caso de no acabar primero—, los cuartos, las semifinales y la final. Es decir, hasta siete partidos en nueve o diez días. Tremendo. Sea el calendario de la WNBA uno de los motivos o no, el resultado ha sido un Mundial en el que el descanso se ha convertido en un factor más importante de lo que debería. Basta con recordar la segunda jornada de España ante Mali, cuando las de Méndez jugaron apenas 15 horas después de su estreno ante la anfitriona. "Habrá que hablarlo cuando se tenga que hablar, hay que darle una vuelta", dijo entonces la española María Conde. “Es una supervivencia para el más apto”, aseguraba Olaf Lange, seleccionador alemán.
Estados Unidos volvió a imponer su ley en los Mundiales. España le compitió y, aunque no pudo culminar la gesta, demostró que está preparada para dar muchas alegrías en el futuro. También Italia llevó al límite al combinado estadounidense, aunque aquel partido terminó rodeado de polémica por algunas decisiones arbitrales en el tramo final. Casualmente, las jugadoras españolas tampoco salieron contentas con el arbitraje en la semifinal ante las estadounidenses. La propia María Conde mostró su enfado en redes sociales por la diferencia en el tiro libre. Y, para más casualidad, alguno de los colegiados coincidió en ambos partidos. Y, para todavía más casualidad, tras verse envuelto en polémica, tuvo el premio de arbitrar la final. No significa que una misma designación demuestre nada por sí sola, pero sí resulta llamativo que un árbitro que ya había quedado señalado durante el torneo acabara participando en los dos partidos más importantes del campeonato.
Pese a todo, hay una realidad que nadie puede discutir: Estados Unidos sigue siendo el gran imperio del baloncesto femenino. Van cinco oros seguidos. Desde 2006 no pierde un partido en una Copa del Mundo y en Berlín volvió a demostrar que, incluso cuando parece vulnerable, encuentra la manera de ganar. Una auténtica salvajada a la altura de una selección que continúa dominando el baloncesto mundial y de una MVP, Breanna Stewart, que se merece todo el respeto del mundo.
Pero una vez finalizado, toca sacar algunas conclusiones. El baloncesto femenino merece un Mundial con un calendario más amplio y tiempo para descansar. La última edición masculina se disputó en 17 días, una semana más que la femenina. Berlín nos deja el bronce de España, la irrupción de Iyana Martín y Awa Fam, la espectacular Francia de Gabby Williams, la manera de competir de Italia y, por encima de todo, otra muestra de la hegemonía estadounidense. Pero también deja una reflexión: si este es el gran escaparate mundial del baloncesto femenino, ¿de verdad no podemos encontrar más de diez días para celebrarlo?
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