- efe
Actualizado el 16/07/2026 11:25 CEST
Medio siglo después de su inauguración, el 17 de julio de 1976, los Juegos de Montreal siguen siendo una de las citas más contradictorias de la historia olímpica: la perfección de Nadia Comaneci convivió con el boicot contra el 'apartheid', la crisis de Taiwán y una factura que Canadá tardó tres décadas en cerrar.
Cuando el marcador electrónico Omega del Forum de Montreal mostró un inesperado 1.00, el público tardó unos segundos en comprender que acababa de presenciar un momento irrepetible.
El sistema no estaba preparado para reflejar una nota de 10.00 porque nadie había imaginado que fuera posible. La autora de aquella actuación era Nadia Comaneci, una gimnasta rumana de sólo 14 años que el 18 de julio de 1976 obtuvo el primer 10 perfecto de la historia olímpica en gimnasia artística y convirtió aquellos Juegos en una referencia universal.
La imagen del marcador incapaz de representar la perfección pasó a formar parte del imaginario deportivo del siglo XX: Comaneci abandonó Montreal con cinco medallas, tres de ellas de oro, y siete puntuaciones perfectas, transformándose en una de las primeras grandes estrellas mediáticas del olimpismo moderno.
Boicots y deuda
Pero Montreal 1976 fue mucho más que la consagración de una adolescente prodigio. Los Juegos quedaron marcados por profundas tensiones políticas y por un legado económico que acompañó a la ciudad durante tres décadas.
La mayor crisis llegó incluso antes del inicio de las competiciones. Más de una veintena de países, principalmente africanos, boicotearon los Juegos en protesta por que el Comité Olímpico Internacional (COI) se negó a excluir a Nueva Zelanda.
El motivo era la gira que la selección neozelandesa de rugby había llevado a cabo por la Sudáfrica del 'apartheid', sometida entonces a un amplio aislamiento deportivo internacional.
En total, 22 países no llegaron siquiera a competir y otros cuatro —Camerún, Egipto, Marruecos y Túnez— se retiraron una vez iniciados los Juegos, después de que algunos de sus deportistas ya hubieran participado.
Aquel boicot privó a Montreal de numerosos atletas de primer nivel y convirtió la cita canadiense en uno de los episodios donde el deporte quedó más claramente condicionado por la geopolítica.
A esa crisis se sumó otra de carácter diplomático protagonizada por Taiwán. El Gobierno canadiense permitió la entrada de los deportistas taiwaneses, pero rechazó que compitieran bajo la denominación de 'República de China', de acuerdo con la política exterior que Ottawa había adoptado tras reconocer a la República Popular China.
Como consecuencia, el equipo taiwanés decidió retirarse en la víspera de la ceremonia inaugural.
La hazaña de Juantorena
Pese a ese contexto, Montreal dejó actuaciones deportivas memorables. El cubano Alberto Juantorena firmó una hazaña que nadie ha repetido al conquistar el oro tanto en los 400 como en los 800 metros, una combinación única en la historia olímpica masculina.
En gimnasia masculina brilló el soviético Nikolái Andrianov, el deportista más laureado de aquellos Juegos, con siete medallas en ocho pruebas, incluidas cuatro de oro.
El boxeo también reunió a dos figuras destinadas a convertirse en leyendas. El cubano Teófilo Stevenson conquistó el segundo de los tres títulos olímpicos consecutivos que lograría en el peso pesado, mientras que el estadounidense Sugar Ray Leonard inició en Montreal el camino hacia una brillante carrera profesional.
Los Juegos también reflejaron los avances, aunque todavía limitados, del deporte femenino. El programa olímpico incorporó por primera vez las competiciones femeninas de baloncesto, balonmano y remo.
Sin embargo, persistían importantes desigualdades: en remo se disputaron seis pruebas femeninas frente a ocho masculinas y las mujeres compitieron sobre 1.000 metros, exactamente la mitad de la distancia recorrida por los hombres.
Sin embargo, el recuerdo de Montreal 1976 quedó inevitablemente ligado a su enorme coste económico. El Estadio Olímpico, concebido como símbolo arquitectónico de los Juegos y conocido popularmente como el "Big O", acabó rebautizado por los ciudadanos como el "Big Owe" ("la gran deuda") debido a los sobrecostes del proyecto.
La deuda, estimada en unos 1.600 millones de dólares canadienses, obligó a Quebec a financiar su pago mediante un impuesto especial sobre el tabaco y no quedó completamente saldada hasta 2006, treinta años después de la clausura de los Juegos.
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EFEAun así, el legado material no desapareció. Medio siglo después, varias de las instalaciones olímpicas continúan utilizándose.
La piscina olímpica sigue acogiendo entrenamientos y competiciones de natación y saltos; el Olympic Basin de la isla de Notre-Dame permanece vinculado al remo y al piragüismo, y el Maurice Richard Arena continúa siendo un centro de referencia para el patinaje de velocidad en pista corta canadiense.
Cincuenta años después, Montreal 1976 sigue ocupando un lugar singular en la historia olímpica: el escenario donde la perfección deportiva de Nadia Comaneci convivió con las tensiones de la Guerra Fría, la lucha internacional contra el 'apartheid' y una factura económica que convirtió aquellos Juegos en una advertencia para las futuras sedes olímpicas.
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